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TENEMOS DERECHO

TENEMOS DERECHO

Cuando era niña, emigrar era un asunto de fotos viejas que guardaba mi abuelo en una maleta. Extranjeros eran el panadero, el albañil y el señor de la pizzería.

Al ir creciendo me di cuenta de que, para muchos, viajar al extranjero era un sencillo asunto de lujos. Mis vecinos iban a Disney, los profesionales a congresos y había quien mostraba fotos de una isla en el Caribe durante las vacaciones.

Pero poco a poco mis compañeros empezaron a irse del país; sus padres los enviaban a internados en Suiza, a París a aprender francés o a Italia a visitar a sus parientes, mientras mi abuelo seguía calando de la pipa en el jardín, diciendo que nada era más difícil que ser inmigrante.

Y luego vino Hugo Chávez, y empezaron a cercar a mi país entre deudas y violencia, y fuimos muchos los que esperamos a tener un título universitario para buscar la manera de cruzar el Atlántico en búsqueda de una especialización y crecer, llevándole la contraria a todo lo que decía mi abuelo.

Una maleta, una caja de libros y un perro fue lo que quedó de cerrar mi vida en mi país antes de irme a España, con la ilusión de empezar una vida donde no tuviera que encerrarme en mi casa antes de que cayera el sol.

Para lo que nadie me preparó fue para ser una inmigrante en el siglo XXI.

Desde solicitar un visado hasta reportarse en las oficinas de inmigración, todo el procedimiento nos hace sentir como si fuéramos criminales, aún cuando lo único que queremos es trabajar y vivir tranquilos.

“Regístrese aquí”, “consigne este papel”, “su dossier está incompleto”, “vuelva la semana que viene”; día a día el adaptarse a un nuevo lugar parecía más una condena que una aventura, eso sin contar las palabras nuevas, la manera de vestir, y hasta los modismos con los que hay que aprender a pedir una “caña” en un bar.

Sin embargo, uno se adapta. “Allí donde fuereis, haréis lo que viereis”, me dijo mi abuela antes de irme al aeropuerto, hace más de cinco años. Aprendes a cubrirte del frío, aprendes a comer pan con tomate y a cubrir lo suficiente para no morirte de calor en verano. Respetas las fiestas – por más incoherentes que resulten – y dejas de burlarte del poco inglés que se habla. Sueñas con comprarte una casa algún día a las afueras de la ciudad, y con tener el famoso “DNI” para que dejen de verte como una amenaza que no tiene derechos.

Pero nada es más difícil que ser inmigrante. Extrañas tu casa, extrañas tu gente, extrañas a quién llorarle cuando te dicen que no te puedes quedar, que no eres “necesario para la nación” y que, aún cuando tienes tres títulos universitarios y hablas tres idiomas y medio, es mejor que te “devuelvas a tu país”.

Han pasado muchos años y ya no me queda país, pero nadie parece entender que no hace falta un conflicto armado o una guerra reconocida por las Naciones Unidas para que Venezuela sea lo más cercano al infierno, y que “devolverte” es una sentencia tácita.

Entonces decides luchar.

Buscas abogados, buscas recursos, aprendes el idioma legal (sin siquiera conocer el de tu propio país), envías miles de cartas y hasta te presentas en los tribunales para intentar demostrar lo que vales.

Despiertas todos los días con el temor de que en el correo va a haber una carta de “desalojo del territorio”, y empiezas a temerle a cualquier policía que se te cruce en el camino.

Lo bueno del caso es que la palabra “derecho” comienza a tener un sentido distinto. Tenemos derecho a querer una vida mejor, tenemos derecho a las mismas oportunidades, tenemos derecho a que se nos considere “individuos aptos” para emigrar, tenemos derecho a que se nos llame “legales”.

¿Total? La inmigración ilegal empezó en 1492.

Yamily Habib (17/01/2018).
2 Comments
  • Acran Yousseph Habib Habib
    Posted at 21:34h, 21 enero Responder

    Cual discípula del mismísimo Cid Campeador. Bravo, Bravo

  • Acran Yousseph Habib Habib
    Posted at 21:35h, 21 enero Responder

    Cual discípula del mismísimo Cid Campeador. Bravo. Bravo

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