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LA DIASPORA VENEZOLANA

LA DIASPORA VENEZOLANA

Un informe del Observatorio de la Diáspora Venezolana, coordinado por el sociólogo Tomás Páez, sobre la migración venezolana en el mundo, sostiene que 440.000 venezolanos han emigrado a EE.UU., 230.000 a España, 150.000 a Italia, y así hasta casi los 3.000.000 de personas fuera del país, en la primera y única diáspora que ha conocido el país sudamericano, tradicionalmente receptor de emigrantes.

La riqueza del país sudamericano es —sigue siéndolo— inmensa. Es como si dijésemos que en Venezuela está cada habitante sentado sobre una silla de oro pero sin comida para alimentar a sus hijos. ¿Cómo se llegó a esta paradójica situación? No es fácil, desde luego, explicar este fenómeno. Una primera explicación es fácil y real: el chavismo consumió la riqueza en solidaridades con otros países, en créditos irrecuperables de una generosidad nunca antes vista, en apoyo a los dirigentes chavistas, en compras de armas y mejoras del ejército, en dos palabras: en robo y mala administración, entre 1999 y 2015 más de 2 billones de dólares, una cantidad de dinero tal que “si se arma una torre de billetes de 100 dólares se puede alcanzar la distancia que hay entre la tierra y la luna ocho veces”.

Hasta aquí es espantoso pero comprensible. Chávez luchó por acabar con la autonomía del Banco Central y lo logró: manejaba sin control una chequera que le permitía enviar maletas repletas de dólares a Argentina, pavimentar carreteras en Bolivia, regalarle gasolina a Cuba y apoyar a 200.000 familias de Estados Unidos. La administración de Maduro fue mucho más modesta; Chávez había quebrado al país y murió antes de saberlo. Lo mismo que le puede pasar a Maduro: que no se entere en ningún momento de qué va el problema.

Piénsese en la labor gigantesca, heroica, titánica que fue necesaria para tirar todo ese dinero sin hacer una gran autopista, un gran puerto, un gran hospital. Ello, en una democracia cualquiera, buena o mala, es muy complejo, pues habría que contar con la connivencia, con la cooperación o con la estulticia de la oposición. No hay una democracia en el mundo que funcione como una democracia y que permita que el gobierno haga lo que se le dé la gana. En Venezuela sí. ¿Por qué? ¿Por qué la oposición no detuvo a tiempo esta locura? ¿Cómo pudo Chávez lograr algo tan titánico, tan ciclópeo, como quebrar a un país democrático? La respuesta puede sorprender: en las elecciones parlamentarias del 26 de septiembre de 2010 la oposición al chavismo se abstuvo de participar.​ Desde entonces, el chavismo mantuvo control total del parlamento, y una de sus metas fue conservar esta mayoría cualificada, lo que significaba conservar al menos 110 diputados.

Con el Congreso de su parte​, pasaba a ser suya toda la administración pública: hasta un prefecto nombrado mediante el equilibrio democrático pasaba a ser nombrado sólo por el chavismo. Excepto el congreso, del chavismo era la educación, la economía, los servicios públicos, el ejército, las cárceles, la luz pública, y todas las instituciones de control nombradas por el legislativo. En una sola idea: la oposición nombró a Chávez monarca. Tan sólo el poder judicial quedó a salvo de Chávez. La democracia como sistema de gobierno es tan eficaz y tan confiable que Chávez tardó unos 10 años en desmantelar el poder judicial, prostituyendo jueces y amedrentando alguaciles.

La ruina de Venezuela no demuestra el fracaso del sistema democrático sino todo lo contrario: su solidez, su robustez, cuando el equilibrio entre las fuerzas en pugna política funciona correctamente. Y, desde luego, su fragilidad cuando se renuncia a la lucha democrática.

(Tomé; 06/01/2018 – Freddy S.G.)
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